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La doctrina no escrita: ¿Qué está pasando realmente dentro de Morena?

En política, algunas decisiones se explican más por lo que ocurre después que por lo que se anuncia.


La doble licencia de Rubén Rocha Moya puede leerse como un episodio más de la turbulenta política sinaloense. También puede interpretarse como una disputa interna de Morena. Pero existe una tercera lectura, quizá más incómoda: observar qué sucede cuando un gobernante deja de ser solamente un problema local y comienza a convertirse en un costo para quienes necesitan preservar una determinada posición nacional.


Ahí está el primer movimiento político en el tablero de ajedrez.



Rocha Moya regresó al ejercicio del gobierno después de haber solicitado una primera licencia. Poco después volvió a separarse del cargo.


Entre una decisión y otra ocurrió algo políticamente relevante: comenzaron a aparecer voces dentro del propio entorno oficialista cuestionando su regreso y, desde Gobernación, se calificó aquella determinación como una decisión de carácter personal.

La frase pudiera  parecer administrativa. Pero en política, difícilmente lo es.


Si un actor político necesita respaldo y el respaldo no aparece, el silencio también comunica.

No necesariamente significa ruptura. Tampoco demuestra una condena. Pero sí obliga a observar algo que suele perderse entre declaraciones, conferencias y comunicados: quién está dispuesto a asumir el costo político de permanecer al lado de otro cuando su permanencia comienza a resultar incómoda.


Y aquí conviene detenerse. La discusión pública se ha concentrado en Rocha Moya, pero...

¿Qué gana el poder manteniéndolo y qué gana dejándolo temporalmente fuera del tablero?

Esa diferencia cambia completamente la lectura. Los gobiernos no solamente administran instituciones. También administran costos.

 

Un gobernador puede ser electoralmente útil, territorialmente importante, políticamente leal o funcional para determinado proyecto.  Pero cuando alrededor de su figura comienza a acumularse un costo que trasciende al estado que gobierna, la ecuación cambia.

La lealtad política puede seguir existiendo.  Lo que puede desaparecer es la conveniencia de exhibirla.  Y esa es una diferencia que vale la pena entender.

No estamos necesariamente ante una ruptura de Morena.  Decirlo así sería demasiado sencillo.


Los partidos de poder sobreviven precisamente porque saben administrar contradicciones, absorber conflictos y, cuando es necesario, separar los problemas de las personas que los representan.


Siendo honestos, el verdadero poder no siempre rompe; a veces toma distancia. Y no siempre destituye; a veces espera. Y siempre permite que el tiempo haga el trabajo político.

Por eso resulta insuficiente preguntar solamente si Morena respalda o no a Rocha Moya.

Hay que observar cómo lo respalda, cuándo lo respalda, quién lo respalda y, sobre todo, quién decide no hacerlo.


Ahí aparece el tablero.

Y en política, la ausencia de una pieza puede ser tan importante como su presencia.

La situación adquiere todavía mayor relevancia porque Rocha Moya no ha sido condenado judicialmente y la existencia de señalamientos o investigaciones no equivale, por sí misma, a una sentencia.


Precisamente por eso la discusión debe mantenerse en el terreno de los hechos y no de las condenas anticipadas.

Pero una cosa es la responsabilidad jurídica y otra la responsabilidad política.

Son dos tableros distintos.  En el primero se necesitan pruebas, procedimientos y resoluciones.


En el segundo se mide algo diferente: confianza, costo, utilidad, desgaste y capacidad de representar al proyecto sin comprometerlo.

Y aquí es donde comienza la lectura rumbo a 2027. Porque realmente no es solamente un problema para Sinaloa.

Lo que ocurra con un gobernador de Morena puede convertirse en precedente para  todo el proyecto Morena; ahí es donde  las circunstancias políticas cambian.

 

Ese es el punto que no deberíamos perder de vista. La política rara vez funciona bajo la lógica de la amistad.


Funciona bajo la lógica de los intereses.

Eso no significa que toda relación política sea falsa; por eso deberíamos preguntarnos qué está aprendiendo Morena de este episodio.

¿Está intentando contener un costo?

¿Está preparando una transición política?

¿O simplemente está ganando tiempo mientras observa cómo evoluciona el escenario?


Todavía no tenemos todas las respuestas. Y precisamente por eso conviene no adelantarlas. 


Pero... espera tantito mi querido lector, hay una pregunta que sí vale la pena dejar sobre la mesa: ¿Cuánto tendrá que aguantar ese alfil para proteger al rey  y cuánto tendrá que disimular la reina?

Quizá la respuesta a esa pregunta explique mucho más sobre el futuro político de morena que cualquier mañanera.



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