Solo en México se puede vender una reforma electoral como “ahorro democrático”
- Carlos Avendaño

- 27 feb
- 2 Min. de lectura

Mientras medio país se pregunta si no viene con letra microscópica incluida. La propuesta impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo promete reducir costos, recortar privilegios y “darle más poder al pueblo”. En el papel suena casi poético.
En la realidad política mexicana que huele a quirófano institucional. Porque sí: bajar el gasto electoral siempre cae bien en el discurso. ¿Quién va a defender públicamente burocracias caras? El problema es qué se recorta y a quién se fortalece en el proceso.
Por ejemplo, la iniciativa plantea eliminar la lista nacional plurinominal en el Senado y modificar la integración legislativa, obligando a que todos busquen voto directo. Suena democrático, hasta que uno recuerda que los pluris -con todos sus vicios- también han sido la vía de entrada para minorías y oposiciones que difícilmente ganan por mayoría.
Ahí empieza el verdadero debate. Además, el plan contempla reducir al menos 25% el costo del sistema electoral mediante recortes al INE, partidos y organismos locales. Otra vez: en el discurso, aplausos. En la práctica, la pregunta incómoda es si el ahorro será administrativo o político.
La oposición ya encendió las alarmas y habla de riesgo de sobrerrepresentación oficialista. Y no es paranoia gratuita: datos citados en el debate público señalan que buena parte de los legisladores plurinominales actuales pertenecen a fuerzas distintas al partido gobernante. Traducido al español de la calle: si cambias las reglas del tablero, inevitablemente cambias quién gana la partida.
¿Significa esto que la reforma sea automáticamente antidemocrática? No. ¿Significa que merece escrutinio quirúrgico y no aplausos automáticos? Absolutamente sí. Porque en política mexicana ya conocemos el libreto: todo se hace “por el pueblo” hasta que el pueblo revisa la factura. Y aquí la pregunta de fondo -la incómoda, la que raspa- no es si el sistema electoral debe abaratarse. Probablemente sí.
La pregunta es: ¿Estamos ante una cirugía para adelgazar la democracia o para rediseñarla a modo?
El poder promete que es por nuestro bien, el ciudadano prudente no aplaude, revisa en dónde está escondido el bisturí, y parece que está en Palacio Nacional.




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