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EL MOMENTO QUE LA CIUDADANÍA DEJA DE OBSERVAR.

6 oct
6 min de lectura
Foto: Nexus Media
Foto: Nexus Media

La política suele contarse desde quienes ya ocupan el poder. Esta conversación mira el momento anterior: cuando una ciudadana decide dejar de observar, asumir una posición y entrar en el espacio público.


Pero existe otra historia. La de quienes durante años observan las decisiones públicas desde su casa, su trabajo o su colonia, que ahora cuestionan lo que ocurre y padecen sus consecuencias.

Que nos hace hacer una pregunta a toda la ciudadanía: ¿Qué podría convencer a un ciudadano de dar un paso al frente? Esa es la pregunta que da origen a esta conversación y da  voz a una ciudadana que decidió dejar de observar y asumir el riesgo de participar, también a quienes están intentando entender, cuestionar o transformar la relación entre ciudadanía y poder.

En este caso, la historia comienza en Playa del Carmen.

ANTES DEL NOMBRE, LA PERSONA

Antes de preguntarle qué piensa de la política, hay una pregunta más elemental: ¿quién es la mujer que existe detrás del nombre que comienza a aparecer en el espacio público?

Su respuesta no comienza con un cargo, una trayectoria partidista .

Comienza con su propia vida.

“Soy una mujer que, como muchas, aprendió a sostener con una mano la casa, el trabajo y con la otra los sueños.”

Se describe como madre, hija, vecina y, sobre todo, como alguien que escucha.

También establece desde el principio una distancia respecto de la política tradicional:

“No vengo de una familia política.”

En su relato, esa ausencia de apellido o tradición política no representa una carencia, sino parte de la explicación de por qué decidió participar.

“Detrás de mi nombre no hay un apellido poderoso; hay historia de esfuerzo.”
“Existen dos México: el que te dicen en el discurso y el que vives en la calle.”

Para ella, esa diferencia se vuelve visible cuando la política deja de ser discurso y se encuentra con la vida cotidiana.

Habla de mujeres que sostienen solas una familia, de jóvenes que tienen talento pero encuentran pocas oportunidades y de trabajadores que mantienen en funcionamiento buena parte del país mientras enfrentan dificultades para llegar a fin de mes.

Su interpretación es directa:

“Esa realidad me hizo entender que la desigualdad no es casualidad, es consecuencia de malas decisiones.”

Shelina Alonzo no está hablando de la política como una abstracción.

La está relacionando con aquello que observa en las personas que tiene cerca.

LO QUE NO SE VE DESDE UNA OFICINA

Cuando la conversación aterriza en Playa del Carmen, las preocupaciones adquieren nombres mucho más concretos.

Una madre que debe decidir entre útiles escolares y medicamentos.

Un joven que considera irse porque no encuentra una oportunidad laboral accesible.

El tiempo perdido diariamente en el transporte.

Una mujer que siente miedo de regresar a casa por la noche.

Y una persona que decide denunciar violencia y recibe como respuesta:

“Vuelva mañana.”

Son ejemplos distintos, pero para ella forman parte de una misma distancia: la que existe entre las decisiones públicas y la experiencia cotidiana de quienes viven sus consecuencias.

“Eso es lo que no ven desde la oficina: que el pueblo no necesita discursos, necesita soluciones.”

Más allá de la expresión política que contiene la frase, hay una pregunta que atraviesa su respuesta:

¿Qué ocurre cuando quienes toman decisiones dejan de mirar lo que sucede fuera de sus oficinas?

Es precisamente esa pregunta la que comienza a explicar por qué una ciudadana que durante años observó la política decidió involucrarse.

Como millones de ciudadanos, pudo haber permanecido del otro lado.

Opinando.

Cuestionando.

Señalando.

Observando.

Pero llegó un momento en el que esa posición dejó de resultarle suficiente.

“Entendí que quejarnos no cambia nada para nosotros como ciudadanos.”
“Decidí dejar de ser espectadora para ser protagonista del cambio.”

Es una transición importante. Porque participar significa aceptar algo que desde afuera de la política resulta mucho más sencillo evitar: la responsabilidad de las propias decisiones.

Ya no se trata solamente de decir qué está mal.

Se trata de entrar al espacio donde habrá que explicar qué se propone, con quién se trabaja, qué límites existen y qué resultados pueden alcanzarse.

Cuando se le pregunta si hubo un momento específico en el que pensó que ya no quería solamente opinar, su respuesta introduce otra dimensión.

Habla del miedo.

Habla del silencio.

Y menciona un episodio que, para ella, forma parte de la memoria política del país:

“Tlatelolco nos enseñó que cuando un pueblo se organiza, ni la represión lo detiene.”

Desde esa referencia, construye una conclusión personal:

“Yo decidí organizarme, no resignarme.”

La frase resume el tránsito que atraviesa toda la conversación.

No pasar simplemente de la opinión a la política.

Sino de la resignación a la participación.

Decidir participar también significa aceptar que la vida pública tiene costos.

Para ella, uno de ellos tiene que ver con ser mujer.

“Como mujer sabes que te van a exigir el doble y te van a perdonar la mitad.”

Habla de críticas, ataques e intentos por silenciarla. Pero su respuesta no es retirarse.

“Las mujeres ya no pedimos permiso, tomamos la palabra y tomamos decisiones.”

La afirmación le permite identificar otro componente de su visión política: la participación de las mujeres no solamente como presencia, sino como capacidad de intervenir en las decisiones. Y precisamente ahí comienza uno de los desafíos que acompañarán su recorrido.

Porque entrar a la política significa que esas convicciones tendrán que encontrarse con una realidad mucho más compleja que el discurso.

LA POLÍTICA QUE LA DECEPCIONA

Hay una palabra que utiliza cuando se le pregunta qué es lo que más le decepciona de la política mexicana:

“La traición.”

No la plantea únicamente como una cuestión personal.

Habla de quienes llegan con el voto ciudadano y posteriormente se alejan de quienes les otorgaron esa confianza.

También cuestiona lo que identifica como una política basada en privilegios, intercambio de favores o utilización del cargo para beneficio personal.

Su conclusión es clara: “La política debe volver a ser un instrumento del ciudadano.”

Y aquí aparece una de las preguntas que necesariamente quedan abiertas.

¿Cómo se conserva esa convicción cuando se entra precisamente al espacio donde existen intereses, negociaciones y relaciones de poder?

La respuesta no puede encontrarse todavía en una entrevista.

Tendrá que encontrarse en los actos.

“Hemos olvidado que política somos todos.”

Para explicarlo, lleva la conversación hasta una colonia.

Un grupo de vecinos que se organiza para conseguir alumbrado.

Una comunidad que exige servicios.

Ciudadanos que tienen que ponerse de acuerdo para resolver un problema.

Desde esa perspectiva, la política deja de ser exclusivamente aquello que sucede en las instituciones.

También es la capacidad de una comunidad para organizarse y decidir cómo quiere vivir.

“La política debería ser el acto más humano: ponerse de acuerdo para vivir mejor juntos.”

Quizá esa sea una de las ideas que mejor explica su decisión de participar.

Si la política también ocurre en la comunidad, entonces participar no necesariamente comienza con un cargo. Puede comenzar mucho antes.

Puede comenzar cuando alguien decide que un problema que afecta a otros también merece su atención.

Al llegar al final de la conversación, la pregunta inevitable es qué significa para ella participar en política precisamente ahora.

Su respuesta vuelve a colocar la causa por encima del cargo.

“Estoy aquí por una causa.”

Habla de mujeres que no han sido escuchadas, de jóvenes que quieren construir su futuro en Playa del Carmen y de familias que exigen respuestas.

Define este momento de su vida como un compromiso.

Pero también deja abierta una cuestión fundamental.

Porque decir que se participa por una causa es el punto de partida.

La política comienza a cobrar verdadero significado cuando esa causa tiene que convertirse en organización, decisiones, responsabilidades y resultados.

Y esa parte de la historia todavía está por escribirse.



Esta conversación inicia por el reciente compromiso que asume Shelina Abigail Alonzo en la política en Quintana Roo.

Es ahí donde una ciudadana deja de observar desde fuera y decide entrar.

 Nosotros también necesitamos escuchar a quienes están comenzando a disputarle espacio a la indiferencia de la clase política, ya que durante años se ha separado a ciudadanos y política.


Ella ha explicado por qué decidió cruzar esa frontera.

Ha hablado de las experiencias que la llevaron hasta ahí, de las cosas que le preocupan y de la política que dice querer construir.

Ahora comienza la parte que ninguna entrevista puede responder por ella.

¿Qué hará con la decisión que acaba de tomar?

   Y aquí estaremos dando seguimiento.


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