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“El cinismo como forma de gobierno”

imagen de Guatemala: Es posible que las imágenes estén sujetas a derechos de autor
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Hay  momentos en la vida política de los países en que el escándalo deja de escandalizar. 

No porque los abusos desaparezcan, sino porque se vuelven previsibles.

Cuando eso ocurre,  es  porque el poder ha aprendido algo decisivo, y con ello  ya no necesita justificarse.

 

Esta lógica no es nueva ni exclusiva de una nación. Ha acompañado a regímenes prolongados a lo largo de la historia, desde gobiernos autoritarios de los siglos pasados  hasta la  democracias degradadas del presente.

 

Toda falta es perdonable si resulta funcional al proyecto. Así, figuras con trayectorias cuestionables no solo son absueltas, sino rehabilitadas, bendecidas por su utilidad electoral. El pasado deja de ser un lastre y se convierte en credencial.


Las prácticas que alguna vez fueron denunciadas como vicios del viejo régimen no han sido erradicadas; han sido normalizadas. El problema  ya no es  la corrupción, sino que ha dejado de incomodar.


Y Para contener el desgaste, el recurso más efectivo no ha sido la rendición de cuentas, sino el cinismo. Una estrategia conocida en los gobiernos que se prolongan más de lo que deberían.


Negar cuando no se puede ocultar, minimizar cuando no se puede negar, desviar cuando no se puede explicar y repetir que todo es distinto, incluso cuando la realidad insiste en lo contrario. 


Los asesores confían en la memoria corta de las y los ciudadanos.

Lo verdaderamente inquietante no es solo el comportamiento del poder, sino la respuesta de una parte de la sociedad. Hay ciudadanos que no solo toleran el cinismo: lo justifican. Lo comparten. Cuando se relativiza la influencia del crimen organizado o se le explica como un “mal inevitable”, los aplausos no provienen de la ingenuidad, sino de una afinidad moral más profunda.


No se defiende al gobierno por desconocimiento, sino por coincidencia.

La historia política es clara en este punto: cuando la cabeza de un país se descompone, el cuerpo social termina resintiéndolo. Y más aún cuando la abstención se convierte en norma y el poder se sostiene con una minoría activa.

 

 

 México no es una excepción; es un caso más dentro de una larga tradición latinoamericana.

En ese contexto en México, la percepción de impunidad persiste a pesar de las promesas políticas de erradicar la corrupción, con casos donde funcionarios señalados por irregularidades graves, desvíos de fondos o incluso vínculos con el crimen organizado.


Se habla de una lista de presuntos narcopolíticos que el gobierno de Estados Unidos estaría solicitando. No se trata solo de figuras del pasado, sino de actores aún presentes, visibles, influyentes. 

Si esa lista existe y algún día se hace pública, no estará en juego únicamente un partido político. 

Pero lo más inquietante no es únicamente la conducta del poder, sino la reacción de una parte de la sociedad. Hay ciudadanos que no solo toleran el cinismo: lo justifican. Lo defienden.

Si el  cinismo, además de ser una estrategia del poder, se convierte en una convicción social, el problema ya no es solo político.  Se vuelve moral.  Y esos son los más difíciles de corregir.



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