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“La detención de Nicolás Maduro, convertida en pecado ideológico”

“La detención de Nicolás Maduro, convertida en pecado ideológico”
“La detención de Nicolás Maduro, convertida en pecado ideológico”

Hay momentos en la política en los que un solo gesto revela más que una década de discursos.

Y hay otros en los que la indignación selectiva desnuda algo todavía más profundo: no la defensa de los pueblos, sino la defensa de una idea convertida en dogma.

 

La decisión de Estados Unidos de avanzar judicialmente contra Nicolás Maduro no debería sorprender a nadie que observe la política internacional sin ingenuidad.


Lo verdaderamente revelador no es el acto en sí, sino la reacción que provoca.

 

De pronto, voces que durante años guardaron silencio frente a la represión, el empobrecimiento sistemático y el éxodo masivo del pueblo venezolano, hoy se levantan indignadas; eso sí, no por el sufrimiento humano, sino porque el poder ha dejado de ser intocable.

 

Cuba, Colombia y México han mostrado incomodidad. No ante la crisis humanitaria.

No ante los presos políticos.

No ante los millones de venezolanos expulsados de su país por hambre, miedo o desesperanza.


La molestia aparece cuando se toca a un régimen con el que se comparten afinidades ideológicas, cuando el relato se ve amenazado y el espejo comienza a devolver una imagen incómoda.

 

Aquí la pregunta se impone sin necesidad de estridencias: ¿esa ofensa expresa realmente la voz de los pueblos o la de una élite política que se reconoce a sí misma en el poder ajeno?


Defender ese modelo, directa o indirectamente, no es neutralidad diplomática. Es una toma de posición.


Resulta aún más revelador observar quiénes alzan la voz en nombre de una soberanía que lleva años vaciada de contenido.


Hay quienes, sin ser venezolanos, se envuelven en un discurso antiestadounidense con fervor tardío, como si la historia comenzara hoy.

 

Eso sí, guardaron silencio cuando China, Rusia, Irán y Cuba penetraron  y manosearon todo el  aparato económico, energético y militar venezolano; no se dieron cuenta de que la riqueza nacional fue administrada desde intereses externos, cuando el país dejó de decidir su propio destino.


 ¿Aquella soberanía no mereció entonces defensa alguna?

Hoy, en cambio, se invoca como si fuera una reliquia sagrada.

 

La paradoja es brutal: quienes claman contra la “intervención” callaron ante la ocupación silenciosa; quienes se rasgan las vestiduras por la justicia internacional no derramaron una sola lágrima por la represión cotidiana.

La soberanía, usada como escudo retórico, suele ocultar más de lo que protege.

 

Mientras tanto, ocurre algo que rara vez se escucha en esos discursos: la voz de los propios venezolanos.   Ellos saben el precio.  Y si hay un costo, lo asumen con una lucidez trágica: ese costo ya fue cobrado durante años por el chavismo y su continuidad bajo Nicolás Maduro.


El fondo del asunto no es quién impulsa el proceso, sino qué se está juzgando. 


En este contexto, la postura de México merece una reflexión aparte, no por excepcional, sino por reveladora. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, recurrió a una de las frases más citadas —y a veces menos comprendidas— de Benito Juárez: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.


Un país que enfrenta problemas graves de corrupción, impunidad y debilitamiento institucional no puede permitirse confundir diplomacia con complacencia. 


La política exterior no es un acto de afinidad ideológica ni un gesto de lealtad entre gobiernos; es la expresión del interés nacional y de los valores que un Estado decide sostener, incluso cuando resulta incómodo hacerlo.


Más allá de la retórica, de las banderas y de los discursos inflamados, este tema deja al descubierto una verdad incómoda: la defensa del derecho internacional pierde fuerza cuando se aplica con selectividad.


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