México: La nueva élite de la vieja política.
- Armando Javier Garcia

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Hay momentos en que la política se explica sola.
No hace falta propaganda. No hace falta conferencia. No hace falta narrativa.
Basta observar quién sale del escenario… justo antes de que estalle el escándalo.
Y quién entra al negocio… justo después de acercarse al poder.
Eso es lo que hoy vuelve a ponerse sobre la mesa.
La salida de Luisa María Alcalde de la dirigencia partidista fue presentada como un movimiento natural, parte de una reorganización interna. Un simple ajuste político.
Sin embargo, en los pasillos del poder y en voces que desde hace semanas lo anticipaban, la lectura era otra: alejar reflectores antes de que apareciera información incómoda relacionada con permisos para casinos otorgados en la etapa donde la Secretaría de Gobernación estaba bajo su responsabilidad.
Y eso no es una casualidad política. Es control de daños.
En México, las figuras políticas se mueven discretamente, aunque terminan siendo exhibidas.
Y es ahí donde aparece un exfutbolista reconocido vinculado a contratos millonarios con Pemex. No por una carrera técnica en energía. No por una trayectoria industrial visible. No por décadas de experiencia en el sector.
Sino por algo mucho más valioso en el México político:
Las relaciones correctas, la cercanía adecuada, los contactos precisos.
Y ahí nace una pregunta incómoda para millones de jóvenes mexicanos.
¿Qué vale más hoy en este sistema?
¿Una licenciatura?¿Una maestría?¿Un doctorado?¿Años de preparación?
¿O un acercamiento con la élite correcta?
Mientras miles de profesionistas compiten por salarios bajos, oportunidades limitadas y puertas cerradas, otros parecen encontrar autopistas abiertas gracias a la proximidad con el poder.
Ese contraste destruye algo más importante que la economía.
El gobierno que se presentó como humanista prometió dignificar al pueblo, combatir privilegios y terminar con las viejas mañas del régimen.
Pero cuando se observan silencios estratégicos, contratos convenientes y redes de cercanía recompensadas, lo que emerge no es una transformación.
Es una actualización del mismo modelo.
Lo verdaderamente grave es el mensaje que se acumula.
En México sigue pareciendo más rentable conocer a alguien… que prepararse para algo.
Ese mensaje golpea al estudiante que creyó en el esfuerzo. Al emprendedor que decidió competir bajo reglas. Al profesionista que invirtió años en formarse. A quienes apostaron al mérito.
Pero tampoco sorprende.
Quienes debilitaron al Poder Judicial, despreciaron la carrera pública y sustituyeron experiencia por obediencia, dejaron claro cuál es su modelo: lealtad antes que capacidad, cercanía antes que mérito.
Ahí está el fondo del problema.
La demagogia puede ganar elecciones. Puede emocionar plazas. Puede dominar titulares.
Pero Nunca construye futuro.
Porque cambiar el discurso siempre es lo más fácil.
Lo difícil es cambiar las prácticas.




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