"Pasiones políticas: el verdadero mal de la democracia”
- Armando Javier Garcia

- 19 ago 2025
- 1 Min. de lectura
En la política mexicana, el debate ya no se libra en el terreno de las ideas, sino en el de las emociones.
El ciudadano no defiende una causa, defiende a un líder. No analiza cifras, repite consignas. No cuestiona, se indigna.
La pasión se ha convertido en la herramienta favorita del poder: mientras la razón exige datos y resultados, la emoción solo pide una narrativa convincente. Y así, los políticos encuentran un terreno fértil, un pueblo más dispuesto a aplaudir relatos que a examinar realidades.
Lo peligroso de esta dinámica es que erosiona la crítica.
Quien piensa diferente deja de ser adversario y pasa a ser “enemigo”. La polarización sustituye el diálogo, y el razonamiento queda relegado, aplastado por la ola de fanatismo.
El discurso oficial celebra una disminución de la desigualdad, se dijo que el robo de combustible ya se había erradicado, pero el gobierno de Claudia Sheinbaum está evidenciando lo contrario, claro, con un pequeño detalle que no hay detenido clave. Las omisiones y la persistencia del problema son una realidad.
La pasión asegura que vivimos una “transformación histórica”. La razón señala rezagos, fracturas sociales, crisis en salud, educación y seguridad.
La pregunta es sencilla: ¿queremos un país que se gobierne con argumentos o con virtudes?
Porque mientras normalizamos los males sociales, los aplausos sustituyan al análisis, entonces la política será un espectáculo, no un proyecto de nación.
“Si quieres escuchar más sobre este tema, lo conversamos en #ResilienciaPolitica









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