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¿Qué pasa si el poder se acostumbra a no tener límites?

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Hay gobiernos que, como los personajes trágicos de la literatura, no caen por un golpe súbito, sino por una lenta fascinación con su propio reflejo. 


Las democracias rara vez mueren entre tanques y marchas militares; se marchitan en silencio, bajo discursos seductores que prometen orden, protección y modernidad, mientras por debajo avanza un proyecto más antiguo: el de gobernar sin límites.

 

Todo inicia de forma casi imperceptible. Un presidente habla  de “proteger al pueblo” .Alguno que otros políticos utilizan dulces como, “primero los pobres”. Y en la era moderna, se habla de “ordenar las redes sociales”, porque, según dicen, la libertad mal usada es peligrosa.

 

Así comienza siempre: controlando la disidencia en lugar de atender las causas que la originan. 


Antes de que los ciudadanos se den cuenta, el debate público ya no es un derecho, sino una concesión otorgada por el poder.


El libreto es conocido por académicos, organismos internacionales y observadores del autoritarismo.


Cuando un gobierno declara que las críticas “desestabilizan”, que los periodistas “son adversarios” o que los opositores “dañan la unidad nacional”, lo que realmente intenta proteger no es al país… sino su propio dominio de control.


Los ejemplos de la última década lo confirman.

Nicaragua (2016–2023): Daniel Ortega construyó la parodia perfecta de una democracia. Expulsó universidades, silenció a periodistas, confiscó medios y ahogó a toda organización civil hasta convertir al Estado en juez, verdugo y dueño de la verdad.


Venezuela (2015–2024): se criminalizó la sátira, se bloquearon portales, se encarceló la disidencia y se volvió pecado cuestionar al poder. La crítica no desapareció: solo se convirtió en un riesgo.


El Salvador (2021–2024): bajo la narrativa del “orden absoluto”, el poder se concentró en una sola mano y la reelección, antes impensable, dejó de ser tabú. El aplauso reemplazó al equilibrio.


Pasa lo mismo con Rusia y Turquía,  con uniforme distinto. Bloqueos, purgas, leyes ambiguas, medios domesticados. La seguridad nacional como llave maestra para callar cualquier página incómoda.


En todos los casos, el primer paso fue idéntico: regular la palabra para proteger al poder… no a la gente.  

El autoritarismo del siglo XXI no necesita golpes de Estado; le basta con el Diario Oficial y la demonización de sus opositores.


Hoy las mordazas no se colocan con golpes, sino con reglamentos.


Se sanciona, se multa, se suspende, se  limita la monetización. Es más pulcro, menos visible,  y para quien quiere controlar es más “democrático”.


La censura moderna aprendió a maquillarse de modernización.


Un gobierno  que propone ordenar las redes, es por una sencilla razón: le teme a la  crítica, le teme a quienes piensan distinto.  


Y detrás de esa retórica sofisticada se esconde una verdad sencilla: están ampliando su capacidad de vigilar a los ciudadanos… y de premiar o castigar según la docilidad de cada quien.


Para algunos podría ser legal, sí. Pero no es  legítimo,  mucho menos es democrático. 

Los nuevos regímenes no silencian voces: las asfixian por todos lados  y más  económicamente.

 

Una de las 3 metodologías que más  utilizan es,  confrontar  y culpar a quien sea.

Ningún poder sin límites funciona sin enemigos.  Los necesita, los inventa, los alimenta.


A falta de adversarios reales, se construyen imaginarios. Los conservadores, los neoliberales, los traidores, los agitadores, los influencers irresponsables, los medios carroñeros.


Si el país está dividido, el poder se vuelve indispensable. Si el pueblo se enfrenta entre sí, el gobernante reina sin discutir.

Y sobre todo. Quien gana es el que gobierna en turno.   


La historia reciente lo demuestra el punto exacto donde la democracia deja de respirar: cuando la identidad del gobierno pesa más que la identidad del país.  


Y en el fondo de todo el poder es como una bestia mitológica: si no encuentra límites, los inventa a conveniencia.


Y cuando logra borrarlos, empieza a creer que su voz es la única válida, que la crítica es veneno, que el disenso es amenaza y que el ciudadano  solo es  un espectador sin derecho a cuestionar.


Las democracias no se destruyen a gritos; se evaporan en susurros.

Y cuando el poder se acostumbra a no tener límites, el silencio de la sociedad se vuelve su cómplice más fiel.


Pero al final, lo que define la caída de una nación no son los abusos del gobernante…si no la capacidad o la cobardía  de su pueblo para decidir. 

 

“Hay gobiernos que ya probaron la comodidad de no ser cuestionados. ”Y ciudadanos que aún dudan si tienen derecho a cuestionar.

La historia, inevitablemente, termina juzgando a ambos.


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