“Si el poder no teme, es porque el país dejó de reaccionar”
- Armando Javier Garcia

- 30 mar
- 2 Min. de lectura
Hay algo más peligroso que la violencia. Acostumbrarse a ella.
México no amaneció así de un día para otro. No fue un quiebre visible, no hubo un momento exacto donde todo cambió. Fue más sutil. Más silencioso. Más eficaz.
Primero fueron las cifras. Después, la repetición. Y al final, la costumbre.
Hoy las desapariciones ya no detienen la conversación pública como antes.
Más de ciento treinta mil personas ausentes… y, sin embargo, el país sigue.
Sigue trabajando. Sigue votando. Sigue discutiendo… pero ya no sobre lo esencial.
Y ahí es donde el problema deja de ser únicamente político.
Se vuelve social.
Porque mientras una parte del país sigue anclada en lo que fue, otra ha decidido no mirar lo que ocurre.
No desde la ignorancia, sino desde algo más complejo: la conveniencia emocional de no confrontar la realidad.
Se defiende, Se justifica y Se relativiza.
Como si cuestionar al poder fuera traicionar una causa. Como si exigir resultados fuera alinearse con el adversario.
En ese terreno, la verdad pierde fuerza. No importa qué tan grave sea un hecho, sino a quién incomoda.
Si afecta al contrario, se amplifica. Si toca al poder, todo se calla.
Y así, poco a poco, la indignación deja de ser un reflejo… y se convierte en una herramienta selectiva. Ese es el punto de quiebre.
Cuando una sociedad decide qué le indigna y qué no, en función de su identidad política, deja de actuar como ciudadanía… y comienza a comportarse como facción.
Y un país fragmentado, los problemas de fondo no desaparecen. Solo dejan de discutirse con la misma urgencia.
La violencia sigue. Las desapariciones continúan. Las dudas sobre decisiones públicas se acumulan.
Pero el impacto ya no es el mismo.
Y no porque sean menos graves…sino porque ya no generan el mismo costo político.
Ahí es donde el poder encuentra su zona de confort.
No en la solución de los problemas, sino en la administración de la percepción.
Y cuando eso ocurre, las reglas cambian sin resistencia, las decisiones se toman sin presión y la rendición de cuentas se vuelve opcional.
La historia ya ha mostrado este camino.
No empieza con autoritarismo abierto. Empieza con normalización.
Con pequeñas concesiones. Con silencios que se vuelven rutina. Con ciudadanos que, sin darse cuenta, empiezan a tolerar lo que antes no hubieran permitido.
La democracia no desaparece de golpe.
Se vacía.
Sigue funcionando. Hay elecciones. Hay discursos. Hay instituciones.
Pero cada vez representa menos a una sociedad que ha dejado de cuestionar.
¿En qué momento dejamos de reaccionar?



Comentarios