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¿Y si ganar la elección del 2027 ya no fuera suficiente?

Crónica de un México que comienza a caminar hacia 2027 cargando demasiadas cuentas pendientes para conformarse con otra disputa por el poder; de una nación que no necesita solamente nuevos ganadores, sino una política capaz de conducirla hacia un estadio distinto; de partidos opositores que tendrán que demostrar si aprendieron algo después de perder territorios, gobiernos y confianza o si únicamente esperan que el desgaste de Morena haga por ellos aquello que no han sabido reconstruir; y de una generación política que se aproxima a una cita donde la historia no preguntará solamente quién venció, sino quién tuvo la responsabilidad, la inteligencia y la grandeza suficientes para comprender el país que recibió entre las manos.

 

YA PARECE QUE GANAR UNA ELECCIÓN DEJÓ DE SER SUFICIENTE


Hay momentos en la vida de un país en que las urnas dejan de ser solamente el lugar donde se cuentan votos y comienzan a parecerse a un tribunal silencioso donde una generación entera comparece frente a su tiempo.


México se aproxima a uno de esos momentos.


En 2027 volverán las campañas, los candidatos recorrerán mercados y plazas, aparecerán millones de fotografías, los discursos prometerán amaneceres y cada partido intentará convencernos de que detrás de sus colores se encuentra el camino correcto.


Pero debajo de esa ceremonia habrá una nación que llegará mucho más cansada de lo que alcanzarán a mostrar las encuestas, cargando problemas que no desaparecen cuando comienza una campaña y heridas sociales que no conocen calendarios electorales.


Porque mientras la política cuenta elecciones, la gente cuenta vidas.


Un partido puede perder y regresar seis años después; un dirigente puede equivocarse, retirarse durante una temporada y reaparecer cuando cambian las circunstancias; una organización puede sustituir candidatos, renovar logotipos y reconstruir alianzas.


El ciudadano no posee semejante privilegio.


El niño que recibió una educación insuficiente no recuperará su infancia cuando finalmente llegue una buena política educativa; el enfermo que esperó demasiado no recibirá de regreso los meses perdidos cuando aparezcan los medicamentos; la madre que busca a un hijo no puede suspender su dolor hasta que cambie el gobierno; el joven que se marchó porque aquí nunca encontró una oportunidad quizá construya en otra tierra la vida que México no supo ofrecerle.


Ahí está la diferencia brutal entre el tiempo de la política y el tiempo humano: los partidos siempre creen que habrá otra elección; para muchas personas hay cosas para las que nunca habrá otra oportunidad.


Veamos pues, hay ciudadanos que perdieron interés en la participación, ¿porque?, ¡porque siguen los mismos de siempre!


Personajes que han sido los que más trabajaron en varios tiempos, esperando ser recompensado mínimo con un reconocimiento y es lo que menos se hace, lo olvidan, lo abandonan, le hacen “el fuchi”.


¿Que esperan pues?, ¿que se les siga creyendo o apoyando?, ¿quitarle el tiempo, el dinero por nada?, sino un viejo luchador social que lo están pasando por alto, ¡puedo asegurar que un verdadero hombre que ama su Pais, estará ahí luchando por el voto, pero que lo ignoren, no tiene Perdón de Dios.


A esos que están ensayando su nueva sonrisa hipócrita y falsa, a esos que vulnerando la dignidad humana con su soberbia y vanidad, si ya planearon cerrar la puerta a quien le ayudó, no cuenten con su voto, aqui este 2027 se juega la verdad, la humildad y el derecho de justicia para el ciudadano común.


Hay tragedias que matan una sola vez.


La desaparición de una persona mata todos los días.


Mata cuando una madre escucha un automóvil detenerse frente a su casa y corre a la ventana pensando que, quizá, esta vez sí regresó su hijo.


Mata cuando suena el teléfono y durante un segundo nace la esperanza para morir inmediatamente después.


Mata cuando una familia deja un plato servido en la mesa porque no quiere aceptar que el lugar pueda quedar vacío para siempre.


Y mata cuando el tiempo comienza a borrar el rostro de quien falta, pero jamás consigue borrar el dolor de quien espera. Ésa es la diferencia entre la muerte y la desaparición.


La muerte, por cruel que sea, termina imponiendo una verdad.


La desaparición impone una pregunta que nunca acaba.


¿Dónde está? Dos palabras…


Sólo dos.


Y, sin embargo, son capaces de destruir una vida entera.


México lleva demasiados años viviendo con esa pregunta.


Nos hemos acostumbrado a escuchar que desapareció un estudiante, un comerciante, un taxista, una enfermera, una niña, un campesino, un profesionista, un padre o una madre.


Lo escuchamos mientras desayunamos, mientras vamos al trabajo, mientras revisamos el teléfono… Después continuamos con nuestra rutina.


¡Eso debería estremecernos!


Porque el día que una sociedad deja de conmoverse por la desaparición de un ser humano comienza también a desaparecer una parte de sí misma.


No se pierde únicamente la seguridad.


Se pierde la confianza.


La posibilidad de caminar tranquilo.


La certeza de que nuestros hijos volverán a casa.


La convicción de que la ley protege a los ciudadanos antes que a los delincuentes.


Y cuando esa confianza desaparece, el miedo ocupa su lugar.


Entonces dejamos de salir de noche.


Dejamos de responder llamadas desconocidas… Les pedimos a nuestros hijos que avisen cuando llegan, cuando salen, cuando doblan una esquina, cuando toman un taxi, cuando entran a una tienda.


Vivimos vigilándonos… Vivimos contando minutos….Vivimos imaginando desgracias… ¡Eso también es una forma de violencia. Detrás de cada fotografía pegada en un poste, hay una familia cuya vida quedó suspendida.


Detrás de cada ficha de búsqueda hay una silla vacía… Un cumpleaños que ya no se celebra… Una Navidad que nunca volvió a ser igual… Un abuelo que murió esperando… Una madre que aprendió a llorar sin lágrimas porque ya no le quedan.


Frente a esa realidad no basta con indignarnos.


La indiferencia de CSP, aus pantomimas y sus negligencias nis está llevando al exterminio, a tener un Pais en llamas.


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