"Ayuda humanitaria: la solidaridad que sostiene al poder”.
- Armando Javier Garcia

- 10 feb
- 3 Min. de lectura

Hablar de política exterior es hablar de decisiones que nunca son inocentes. Mucho menos cuando se envuelven en la retórica intocable de la ayuda humanitaria, un concepto noble que, mal utilizado, puede convertirse en el mejor disfraz de una mala decisión de Estado.
La crisis humanitaria y energética que vive Cuba es real, profunda y dolorosa. Apagones prolongados, escasez de alimentos, hospitales sin insumos, migración masiva y una economía colapsada no son construcciones opositoras ni exageraciones mediáticas: son hechos documentados. La tragedia no necesita adjetivos; se impone por sí sola.
Frente a este escenario, el gobierno mexicano —bajo la presidencia de Claudia Sheinbaum— ha decidido intensificar su respaldo al gobierno cubano mediante envíos de ayuda, apoyo diplomático y una defensa explícita frente a las sanciones de Estados Unidos.
El debate, sin embargo, no gira en torno a si el pueblo cubano merece apoyo. Eso es incuestionable.
La pregunta es otra: ¿a quién termina sosteniendo realmente esta política exterior?
Porque después de más de seis décadas en el poder, el régimen cubano ya no puede presentarse como una víctima perpetua de factores externos sin asumir responsabilidad alguna por su fracaso económico, su falta de reformas estructurales y su incapacidad crónica para generar un bien común.
Las ideologías no producen alimentos, no generan energía y no llenan hospitales. Gobernar no es resistir; es administrar. Y Cuba lleva décadas sin hacerlo eficazmente.
México, al intervenir de esta manera, entra en una zona gris peligrosa: confunde solidaridad con complicidad.
La ayuda humanitaria que no está acompañada de exigencias mínimas de transparencia, apertura y cambio no empodera a la sociedad.
Prolonga la supervivencia de una élite política que no sufre las consecuencias del colapso que administra.
Esa es la paradoja moral que el discurso oficial evita nombrar.
La contradicción es evidente. Mientras en el ámbito interno se habla de austeridad, de prioridades nacionales y de atender primero a los más pobres, en la práctica se destinan recursos, capital político y respaldo diplomático a un régimen extranjero que ha demostrado, una y otra vez, que no traduce la ayuda para su población.
La coherencia en política exterior no se mide por afinidades ideológicas, sino por la congruencia entre valores, resultados y costos.
Defender a Cuba mientras se elude cualquier señalamiento a su modelo político y económico no es neutralidad: es tomar partido. Y hacerlo expone a México no como mediador responsable, sino como socio político de un sistema fallido.
Más aún, esta postura tensiona innecesariamente la relación con Estados Unidos, principal socio comercial del país, sin que exista un beneficio estratégico claro para la nación mexicana.
¿Qué gana México, más allá del aplauso ideológico, al sostener una narrativa que el propio pueblo cubano —con su éxodo silencioso pero masivo— parece haber superado?
Hace unos días, una periodista cuestionó en la conferencia matutina a la presidenta Sheinbaum sobre este punto central: si la ayuda humanitaria enviada por México estaba llegando realmente al pueblo cubano o si, en los hechos, estaba sosteniendo al régimen que permanece en el poder. La respuesta presidencial fue eludir el fondo del debate, reduciendo el señalamiento a una “percepción” u “opinión” de la reportera.
Pero la realidad cubana no es una percepción. Es una evidencia.
La presidente claudia se limitó a descalificar la pregunta en lugar de analizar consecuencias.
La historia latinoamericana es clara: la miseria no es un accidente, es una consecuencia.
México aún está a tiempo de replantear su papel: de pasar de cómplice ideológico a interlocutor responsable.
Porque en política internacional, como en la vida pública, las malas decisiones se pagan.
Y si se insiste en confundir ideología con realidad puede volverse también incierto para México.




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