En México la política ya no se discute: se padece.
- Carlos Avendaño

- hace 6 días
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La política en Mexíco Es una especie de reality show donde los políticos compiten por ver quién promete más, quién rinde menos y quién se indigna con mayor cinismo frente a la cámara. El problema no es que mientan -eso ya es tradición-, el problema es que se sienten moralmente superiores mientras lo hacen. Gobiernan con el discurso del pueblo, pero viven con el presupuesto del rey. Hablan de austeridad desde camionetas blindadas, predican igualdad desde barrios amurallados y juran amor al país mientras lo empeñan por partes. Son expertos en una habilidad muy mexicana: convertir el fracaso en narrativa épica.
Si algo sale mal, no fue incompetencia, fue “contexto”. Si no hay resultados, fue “herencia del pasado”. Y si el desastre es monumental, entonces es culpa de los adversarios, del neoliberalismo, del clima o de Mercurio retrógrado.
La política se volvió una fábrica de excusas con horario estelar. Los debates ya no son de ideas, sino de egos; no se compite por soluciones, sino por likes.
El cargo público dejó de ser responsabilidad y se convirtió en influencer con fuero. Todo es propaganda, todo es relato, todo es “vamos bien”, aunque el ciudadano sienta que va cuesta abajo y sin frenos. Y el colmo: se llenan la boca hablando de democracia mientras le temen a la crítica como vampiro al sol.
Quien cuestiona es “enemigo”, “traidor”, “conservador”, “vendido”. Aquí no hay errores, solo complots.
No hay ciudadanos inconformes, solo malagradecidos. El poder no se equivoca: se victimiza. Al final, la política nacional parece una cantina a las tres de la mañana: mucho discurso inflamado, promesas que nadie va a cumplir y una cuenta que siempre paga el mismo… el ciudadano. Eso sí, al salir, todos juran que la próxima vez será diferente. Y como buenos ingenuos electorales, volvemos a creerles. Porque en este país el cinismo gobierna, la memoria es corta y la dignidad anda en campaña.




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