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La República del “Ahora Sí”.

En México no tenemos crisis, tenemos “retos”. No hay corrupción, hay “percepciones”. No hay violencia, hay “hechos aislados” curiosamente ocurren todos los días.


Vivimos en la República del “ahora sí”. Ahora sí vamos a acabar con la inseguridad, ahora sí el sistema de salud será como el de Dinamarca, ahora sí la economía despegará, ahora sí el pueblo realmente manda. Y mientras tanto, el ciudadano promedio hace malabares con la inflación, pagando gasolina cara, pagando los impuestos puntualmente, y recibiendo discursos épicos como recompensa emocional.


Porque eso sí, en la narrativa somos potencia mundial. En este país el presupuesto puede estar ajustado, pero el guión jamás.

Siempre hay un villano conveniente: el pasado, los conservadores, los neoliberales, los medios, el extranjero, el clima, mercurio retrógrado, todo lo que se necesite para que la responsabilidad nunca caiga en el actual gobierno morenista.


La austeridad es franciscana salvo cuando no lo es. Los proyectos son estratégicos, aunque no haya estudios públicos completos.


La transparencia es prioridad siempre que no incomode al gobierno en turno. Pero lo más admirable, es que la polarización se vende como una virtud. Si criticas eres traidor, si preguntas eres adversario, si dudas eres enemigo. Qué frágil se volvió el poder que necesita aplausos obligatorios.


El discurso oficial habla en nombre del pueblo, pero curiosamente, el pueblo no siempre fue consultado para tomar decisiones millonarias. Pero no importa: la narrativa ya decidió por él. La política mexicana ha perfeccionado un arte sublime: convertir promesas en slogans, slogans en propaganda, y propaganda en fe.


Y quien cuestiona la fe es un hereje. Pero aquí va la ironía más deliciosa: los políticos juran combatir los privilegios mientras se convierten en la nueva élite moral.


Los que antes gritaban “no somos iguales” ahora gobiernan demostrando que el poder sí iguala y a veces empeora. La alternancia ya no cambia estilos, cambia hashtags. Y mientras la clase política libra guerras épicas en conferencias y redes sociales, el ciudadano sigue esperando lo básico: seguridad, salud, certeza jurídica y crecimiento económico.


No discursos, sino resultados. Porque al final, el poder no se mide por cuántas mañaneras, giras o conferencias se hacen, sino por cuántos problemas se resuelven. Y ahí, curiosamente, el silencio suele ser más largo que los aplausos.



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