¿EL PODER ES TONTO? LA TRAMPA DE LA TORPEZA POLÍTICA
- Nexus Media

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¿Y si el error más grande de la oposición es creer que el gobernante es más tonto de lo que realmente parece?
Torpeza: palabra que aquí significa la aparente incapacidad de alguien para decir, hacer o responder algo sin provocar burlas, indignación o una colección de memes suficientemente grande como para ocupar varios días de conversación pública.
Ahora bien, no todo el que parece torpe está interpretando una obra maestra de estrategia política. A veces una torpeza es, sencillamente, una torpeza. Conviene aclararlo para no convertir cada error en una conspiración Nacional.
Pero también existe el error contrario. Creer que porque un gobernante parece ingenuo, absurdo o poco brillante, necesariamente es incapaz de entender cómo funciona el poder.
Y ahí es donde comienza el problema.
Porque quizá el gobernante más cómodo para sus adversarios no sea el que parece brillante.
Quizá sea aquel que consigue que sus adversarios pasen demasiado tiempo demostrando que es tonto.
Una declaración desafortunada. como la mas reciente...
Una respuesta que parece ingenua.
Una frase que provoca indignación, como la de son (PRIANISTA).
Y entonces comienza el espectáculo.
Las redes hacen lo suyo. Llegan los memes. La oposición exige explicaciones.
Otro asegura que jamás, en la historia de México, se había dicho semejante barbaridad.
Durante horas, o incluso días, todos discuten lo mismo.
Y quizá ese sea precisamente el momento en que convendría hacer una pausa.
No para defender al gobernante.
Todavía no te emociones... Sino para preguntar: ¿Qué estamos dejando de mirar?
El poder no siempre necesita convencer a sus adversarios.
A veces le basta con mantenerlos ocupados.
Y sentirse intelectualmente superior al gobernante puede convertirse en una actividad particularmente peligrosa.
Mientras unos ríen del error, alguien toma una decisión.
Y cuando finalmente termina la indignación, la conversación pública descubre que ocurrieron varias cosas mientras todos estaban ocupados demostrando que habían detectado una tontería.
No significa, por supuesto, que detrás de cada declaración absurda exista un plan estratégicamente pensado o diseñado. Sería bastante ingenuo pensar que toda torpeza es ajedrez político.
A veces el rey simplemente tropieza. Pero incluso cuando tropieza, el tablero continúa moviéndose.
Y esa es una diferencia que la oposición parece olvidar con demasiada frecuencia.
Este pequeño análisis nace debido al segundo Informe de Gobierno de Claudia Sheinbaum,
ya que nos ofreció una escena interesante para observar este fenómeno.
La presidenta habló de avances, unidad, rumbo y continuidad. Y, frente a las polémicas y tensiones que han rodeado a distintos actores de la llamada Cuarta Transformación, dejó una frase particularmente clara: “Que nadie se equivoque, aquí no hay divisiones.”
Una frase así tiene una peculiaridad.
Puede ser cierta.
Puede ser una expresión política.
Puede ser un mensaje hacia el interior.
O puede ser una mezcla de las tres.
Lo que no puede hacer es impedirnos preguntar por qué fue necesario decirla.
Si un gobierno siente la necesidad de aclarar públicamente que no existen divisiones, quizá sea que sí existe división.
Pero hagamos otra pregunta: ¿Qué está ocurriendo para que fuera necesario hablar de ellas?
Aquí conviene introducir otro concepto.
El gobierno habla de avances.
La oposición responde con fracasos.
El gobierno presenta cifras.
La oposición cuestiona las cifras.
El gobierno habla de transformación.
La oposición habla de engaño.
Y el ciudadano queda en medio, observando cómo intentan explicarle cuál es la realidad correcta.
Una situación bastante incómoda, sobre todo porque la realidad suele tener la desagradable costumbre de existir aunque nadie se ponga de acuerdo sobre ella.
Ricardo Anaya calificó el informe como un documento “plagado de mentiras” y cuestionó cifras relacionadas con seguridad, además del manejo de temas como el huachicol fiscal y Sinaloa.
Emilio Álvarez Icaza impulsó la etiqueta #MentiroInforme y cuestionó el discurso oficial sobre medicamentos y el sistema de salud.
El gobierno, por supuesto, sostiene otra versión.
Dos narrativas.
Dos diagnósticos, convencidos de que el otro está manipulando la realidad.
Y en medio de ambos, el ciudadano.
Ese personaje al que todos dicen defender, pero al que rara vez le entregan la misma información completa. Y aquí regresamos a la trampa.
La oposición puede pasar semanas demostrando que una declaración fue absurda.
Pero una oposición que confunde entretenimiento con estrategia corre un riesgo considerable.
Puede terminar ganando la conversación y perdiendo el control del tema importante.
Y el poder entiende perfectamente esa diferencia.
Cualquier estratega sabe que cuando la atención pública está concentrada en una sola dirección, todo lo demás recibe menos atención.
Por eso, quizá el adversario más peligroso no sea necesariamente el que parece más inteligente.
Puede ser aquel que entiende perfectamente qué necesita hacer para que los demás gasten su energía reaccionando.
Ahora bien, toda esta habilidad para administrar la percepción tiene un límite bastante desagradable. La realidad.
Un gobierno puede cambiar las palabras.
Puede redefinir un problema.
Puede llamar “desafío” a una crisis.
“Área de oportunidad” a un fracaso.
“Circunstancia” a una tragedia.
Incluso puede conseguir que durante algún tiempo la discusión gire alrededor de la interpretación correcta de los hechos.
Pero hay cosas que no se corrigen con un discurso.
Una de ellas es la indignación ciudadana.
Claro, siempre que todavía exista.
Porque quizá uno de los mayores triunfos del poder no sea conseguir que la sociedad esté de acuerdo, sino conseguir que deje de indignarse.
Que lo extraordinario se vuelva cotidiano.
Que la contradicción deje de sorprender.
Que el abuso se convierta en paisaje.
Que aquello que antes provocaba una protesta hoy apenas produzca un comentario, unas horas después, el olvido.
Una sociedad puede acostumbrarse prácticamente a todo.
Y cuando eso ocurre, el poder ya no necesita convencerla de que la realidad es buena.
Le basta con conseguir que la considere normal.
Por eso quizá deberíamos dejar de preguntarnos si nuestros gobernantes son torpes, brillantes, ingenuos o maquiavélicos.
A veces son una mezcla incómoda de varias cosas.
Pero aquí vamos de nuevo., Realmente ninguna estrategia de percepción puede sostener indefinidamente una realidad.
El límite del poder aparece cuando el ciudadano deja de reírse, deja de conformarse y vuelve a indignarse.
Por eso, querido lector, antes de volver a preguntarnos qué tan inteligente, torpe o maquiavélico es quien gobierna, habría que hacernos una pregunta mucho más incómoda:
¿Qué estamos dejando de mirar mientras discutimos la manera en que el poder nos cuenta la realidad?




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